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viernes, 18 de enero de 2008

LA BRUMA






LA BRUMA

Al caer la noche, la joven se recostaba entre las sábanas de hilo, perfumadas de alhucemas. Con el sueño sabía que llegaba a un espejo de agua, y ella se sumergía en él. Estaba entre el milagro del labrantío como una diosa antigua de las sombras. En un cenote antiguo y oscuro se veía con vivaz amparo matriarcal, naufragada de rosas y sembradora de rústicas calandrias.
En resolanas de arenas desterradas recelaba como propios los expresados y advertidos temores.
Era la primogénita nacida para el abismo pero lo supo tarde. Muy tarde. Creció en permanente dialecto con la tierra y fue fuerza de ala y candor consentido como todas las muchachas campesinas. El ensueño se fue tornando cada vez más real.
Su alma era ya mitad sendero del Ángel abatido y la otra mitad un crepúsculo amarrado.
Pero ella no sabía nada de eso _ pulso de viento y terquedad de raíz _ crecía radiante, en la congoja de la ilusión. Aprendió así los nombres de los astros, de las constelaciones y las estrellas. La oración del cañadón y la del río. A los trece años conocía mil bahías y sin contar el ya remoto y fuerte seno de la madre, que nunca había conocido.
De su madre, que no le hablaba de la vida, en el mundo de alucinación la fue conociendo.Ni un solo pensamiento de temor le había caminado entre los ojos.Las noches eran para su propia felicidad emanada de sus quimeras.
Pero una madrugada, el espejismo se colmó de ternura. Apareció mi padre, en un anual recuento de espigas llenas de riquezas y esperanzas, lo veía llegando hacia ella, ardiendo palabras en su sangre, tan joven
La mujer que buscaba la noche para soñar con su amor tenía veinte años y era virgen dentro de sus botas de hule. Creía que los niños nacen así como los peces en los reposos del río, en la noche quieta. Pero llegó mi padre que contaba a trechos largas historias de islas, con sus ojos bruñidos y negros. Y ella lo escuchaba en la oscuridad...Le hablaba de lugares donde centenares de jóvenes púberes subían carbón al barco, en la bahía. Donde había pájaros libres y donde en la noche florecía l a pasión con hondo aliento de equipajes. Y se amaron tanto, que todo sucedió como la bruma cayendo sobre ellos, sin notarla.

La bruma espesa del amor los cubrió con su manto, una y otra vez, cada ensueño, cada quimera, cada ilusión era cada vez más real.

En la oscuridad presintió que Abuelo mascullaba una triste canción antigua en una lengua que no podía ser de aquí, y que ponía en sus pequeños senos, remolinos en su mente y en el pulso del viento, voces desconocidas. Ella tiritaba en la esperanza de sus sueños.

Pero a los veintidós años tenía la mirada gris porque bebió en las montañas de azúcar, sin saberlo.
Una noche, tuvo una pesadilla. Fue puesta en un muro, y apedreada su alma, porque estaba sembrada su carne de ricas y densas venas.
Era una obsesión: Cada noche que soñaba que su Amor regresaba, se imaginaba a Abuelo gritando lo bien que sabía que los marineros siempre desertaban de las robadas islas pero cuando estaban bien borrachos, los capitanes los metían a patadas en las bodegas sucias, y entonces volvían al hogar frágiles y callados y tristes.
La joven en la duermevela sentía cada golpe en su propio cuerpo. Al despertar vio que manchó su almohada con la sangre que salió de su boca.
A la noche siguiente escuchó a la madre que nunca había conocido, que manifestaba su poder.
El matriarcado se impuso una vez más, sin ostentación.
Ella ordenó sin apuro con su voz imperativa plena de adusteces, y se cumplió con el brío de las hembras de la raza, para salvar la honra, la dignidad y la decencia...
El matrimonio sobrevino para traer paz y se disiparon las sombras.
Nadie la contradijo: estaba yo en la ruta.
La joven conjeturó la historia de Henry, en la nochebuena, al dormirse en las sábanas de hilo perfumadas de hierbabuena, y lo vio como un joven alto y moreno. Al fin y al cabo a los treinta años ya no era marinero, y vendía clavos y tornillos, harina, azúcar y aceitunas en el Almacén de Ramos Generales del abuelo, mientras la amada de Henry rezaba el rosario ante la Virgen Gaucha, por su hombre.

Rezaba en la iglesia por su hombre sin saber que ella no era una virgen suelta por la plaza del pueblo. Hecha de medianoche a toda hora con hielo y filo de menguante turbio en las entrañas y en las ojeras. Aprendiz de hembra por su hombre. Apenas era encendida arcilla con esencia de origen. El himen preservado por las diosas poderosas por años, a la sombra del corazón profundo del seno de la familia, fue desbaratado.Henry la amó entre caminos de fiebre, espasmos y palideces. Él tomaba quinina con grandes tragos de ginebra, para quitarse el hambre de la carne de la muchacha.Para ahuyentarla de su cabeza austera de marinero. Para que de las manos y del cuerpo se le fuera el pulido y agridulce olor de carne viva y de espiga madura.Para poder pensar en su libertad. Y en las barcas tumbadas como ballenas muertas.
Pero ella lo amaba demasiado porque era el complemento de su sangre,
Y se dejó penetrar tan dulcemente sin presentir que ensuciaba su estirpe con el sudor del forastero y con sus fiebres. Noche tras noche, con el tibio bálsamo de lavanda pensaba en Henry, mientras se dormía.
Así supo, una tibia madrugada de febrero, que el decaimiento abatía a su enamorado que pensaba que de ahí en más, todas las noches de su vida tendrían el peso de sus alas cortadas. Su amado Henry se percibía abandonado y apenado.
Entonces ella decidió no soñar más para que su hombre amado no sufriera. Esa noche fue su última ilusión. Ya no despertó. Su alma se extravió en las constelaciones tan conocidas junto a la oración del cañadón y del río.

Amalia Lateano



miércoles, 16 de enero de 2008

Letrilla


“Luz, más luz”
Goethe

Con alegría...


Con alegría te digo
Que si no fuera por ti...


Los sueños que había tenido
Desde aquel día lejano
Se me fueron de las manos
Elevándose al Arcano.
Con alegría te digo
Que si no fuera por ti...
xx
Por ser profundo y sencillo
El quehacer de nuestros días,
Y por las mañanas frías
Que son más tuyas que mías
Con alegría te digo
Que si no fuera por ti...
xx
Porque llegada la hora
Con esperanzas te empleas
Por sembrar para que vea
Lo que mi alma desea.
Con alegría te digo
Que si no fuera por ti...
xx
Todo tiene bello encanto
Fiel arrullo de paloma.
El susurro que me toca.
El capullo que se asoma
Y tu amor que es mi remanso.
Con alegría te digo
Que si no fuera por ti...

Amalia Lateano

lunes, 14 de enero de 2008

LA OSCURIDAD



LA OSCURIDAD
CUENTODe Amalia Lateano

Así hablaban los principales diarios del país sobre la Ciudad de Rojas:

v “Mantiénese sobre la Ciudad de Rojas la situación de intranquilidad pública. Llegó el Juez del Crimen de San Nicolás para investigar los sucesos del jueves. Telegramas al Presidente y al Gobernador”.

LA PRENSA (1940)

v “A pesar de la escasez de alimentos sigue con toda firmeza el paro en Rojas”.

CRITICA (1940)

v “Se suspenderá la venta de alimentos en Rojas. La ciudad está a oscuras. Se produjeron nuevos incidentes...”

LA VANGUARDIA
( 1940)


Pero sí, amigo, alguna vez habrá oído hablar del Benjamín Flamel. Era ese tipo medio brujo que vivía al lado del barcito de don Cosme... ¡Claro!...No, a lo mejor... no lo oyó nombrar nunca... Han pasado tantos años... más de...
Por otra parte, ¿ quién quiere recordar a Benjamín Flamel?...
Eso es, como le iba diciendo, el tipo apareció una tarde en “ la Galerita”, el colectivo del tano De Gulielmo, y se arrimó al barcito preguntando por el Dr. Muruzábal, único abogado del pueblo. Me acuerdo que lo miramos con sorna. En aquellos tiempos no se usaban esos moditos raros en los hombres... ¿ Ud. me entiende, no?...
Bueno, el propio Dr. No aguantaba la risa apoyado en el estaño cuando le preguntó qué deseaba...
Entre nosotros, le confieso que las bromas y las risas se fueron apagando cuando dijo ser el heredero de doña Paulina Baños.
Por respeto, ¿ sabe?...Doña Paulina había sido la benefactora de cuanta obra de bien se emprendía en el pueblo.
Le digo esto para que entienda por qué desde ese momento lo aceptamos sin reparos, Como a un vecino más. Hasta venía al bar y se juntaba con los otros amigos. Sí. Siempre callado.
Lo que le voy a contar lo tenía medio olvidado: pero Ud. me pide una historia de Rojas y... me acordé de Benjamín Flamel...
El tiempo fluye de distinta manera para nosotros... los de antes...
Nosotros vivimos de recuerdos, de fantasmas, de sombras...
En ese entonces yo era un mozo distinguido y elegante y no, este viejo charlatán y borracho que Ud. ve ahora...
Habíamos formado con algunos vecinos la Junta Vecinal que tenía como objetivo luchar contra el “trust” eléctrico para imponer una auténtica Cooperativa.
Entre las medidas principales propusimos una huelga de consumidores de luz. Hecho que se cumplió por propia voluntad de los vecinos, por consenso unánime, como se dice ahora.
Sepa que cuando caía el sol todos los comercios bajaban las persianas. Las casas de familia se alumbraban a queroseno o con velas. Fue una total huelga de oscuridad...
Claro que había algunos casos aislados. Como el de Benjamín Flamel.
Como le dije, vivía al lado del bar de don Cosme y, desde la primera noche, se destacó su casa por estar profusamente iluminada.
Parecía estar encendida.
Para que me entiéndale voy a explicar. Alrededor de la medianoche se iluminaba una ventana, y luego otra, y otra, y otra más, tanto de la planta baja como del primer piso, donde estaban los dormitorios.
Resplandecía entre las sombras brillando con un halo de irrealidad y lejanía, como si flotara en una niebla ígnea que desdibujaba con sus destellos los contornos de la casa.
Mire mocito, durante el tiempo que vivió Flamel allí, las puertas y todas las ventanas permanecieron cerradas. Incluso las persianas.
Y noche a noche se repetía el suceso. Nadie le dio importancia al principio pero cuando se organizó la huelga la cosa cambió.
Si hasta lo acusamos de oficialista y le apedreamos la casa.
Recuerdo que fue el 22 de febrero, salimos en manifestación desde el club Progreso alrededor de las tres de la madrugada, con el propósito de barrer con los focos de la Avenida de Mayo, la principal, munidos con toda clase de proyectiles, cuando a Muruzábal se le ocurrió darle una lección al insoportable puto de Flamel. Hasta allí fuimos gritando contra los dirigentes y sus secuaces.
Nos ubicamos en distintas posiciones, para abarcar todo el frente de la casona.
Y a una orden de Muruzábal la emprendimos contra las ventanas alumbradas, insultándolo al dueño y provocándolo para que saliera... si era hombre...
Como el tipo no daba la cara ni amenguaba la iluminación decidimos echar la puerta abajo y romperle el alma.
Y eso hicimos, muchacho. La puerta cedió a los empellones y pudimos entrar. Yo estaba a la izquierda de la columna. Entre los primeros.
Encontramos a Flamel en lo que sería el comedor, vestido de riguroso negro y con una camisa que parecía brillar. Parado frente a la mesa.
Fue verlo y sentir un frío de los mil demonios, punzante, como si de pronto se hubiesen abierto todas las ventanas y fuera invierno.
En ese preciso instante oímos un chillido, y una risa abominable y Flamel echó a correr por un largo pasillo que daba al patio del fondo. A medida que se alejaba la casa se iba oscureciendo. En un momento pensé en correr para alcanzarlo pero las piernas no me respondieron.
Todo se había trastocado.
Estábamos sumergidos en un pozo de sombra. En un antiguo cenote, húmedo y profundo.
Algunos encendieron las linternas. Todo fue inútil. No lo encontramos.Nos había tomado el pelo. Se había escapado. ¡Se había burlado de todos nosotros!.
Nos reunimos en el bar para tomar una ginebra y otros un coñac. Estábamos profundamente indignados.
Entonces no sé a quien se le ocurrió la idea, y planeamos vengarnos del payaso de Flamel.
Me toco a mí subir al techo del bar, y de ahí saltar a la casona del loco, llevaba los guantes y las tijeras para cortarle los cables de la electricidad.
Pero fue en vano.
Nunca había hecho la conexión.


AMALIA LATEANO
HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723

domingo, 13 de enero de 2008

POEMA


Volverme de papel



Voy a quedarme quieta un rato,
a permanecer inmóvil,
con la mirada cerca de tus pasos:
Aún me dueles.
Y en el vientre me crece
La angustia
.
No logro rescatarme todavía.
Volverme de papel, como una carta
Jugar de nuevo a verte.

Voy a intentar
Armar tu corazón con estos trazos,
Tocar por un instante tu cuerpo
desgajado por los besos malditos que te dieron,
Y que me revolvieron en el asco.

Acurrucarme al alivio de tus manos,
Rescatarme del fuego.
Voy a volverme un poco tu ceniza,
A morirme también contigo unos momentos.
Y te maldigo
con los ojos abiertos
Bajo el telón del cielo que cobija
Tu alma.Y la mía lacerada.

En cualquier lugar en que te encuentres
Y con quien te goce.
No serás feliz.
Es el mismo cielo estrellado
El que miramos.

Voy a intentar acercarme otra vez
Muy lentamente, con cuidado,
Para no despertarte con mi llanto.

sábado, 12 de enero de 2008

SONETO DE AMOR

LA AÑORANZA

He advertido cruzar en acechanza
En la hora rezagada, la neblina,
Llevando celebrada por mezquina
Un anhelo intangible: la añoranza.

Ni el corazón perdurable se afianza
En las yemas lozanas... cristalinas...
Y del simple gozo, en hendidura fina,
Da la suerte vital de la esperanza.

¿Será ese lanzamiento entorpecido
Que amasa el receptáculo o la aurora
el tesoro más lento por pausado

Del hombre que en la tierra es sostenido?
No obstante en la sombra, cual traidora
Se esconde el corazón esperanzado.
Hecho el depósito que marca la LEY._

LA NIEBLA



LA MUJER DE LA ESTACIÓN


La niebla es espesa.
En la estación, sin embargo, el movimiento es continuo.
Las siluetas de los ómnibus se perfilan o adivinan en las distintas plataformas.
La hilera de los pasajeros, con su boleto en la mano, forma una larga serpiente oscura y ambigua que ondula asimétricamente de un lado a otro. Nada es preciso.
La figura de la mujer se desdibuja en la estación. La veo frente a la ventanilla, la bruma la penetra y se amontona en su propio cuerpo. Está vestida de verde. Lleva una cartera de cuero y unos zapatos negros con tacos. Es de estatura mediana, cabellos oscuros y se la ve voluptuosa a pesar de la confusión, que emana de la gente inquieta que va de un lado a otro.
Ella está segura.
La miro desde dentro de la calima, y me parece que sonríe.
Se acerca a un joven flaco y ágil que lleva un piloto verde petróleo, no puedo precisarlo porque se alejan rápidamente.
De puro curioso los sigo. Suben a un colectivo local y se acomodan en un asiento, al final del coche. Son una sola silueta en el abrazo, y los miro desde adelante, parado.
Esta maldita neblina no me deja ver qué hacen con sus manos.
Bajan en un hotelucho de mala muerte que no conozco.
Están tan embobados que no se han dado cuenta que los sigo.
La mujer de la estación está ansiosa, no siente la sombra que la acompaña y se funde en su cuerpo adolescente.
Entran. El muchacho como si hubiese preparado la escena con anterioridad se mete la mano en el bolsillo de la gabardina, y asiente, como diciendo: “Está todo en orden” a un interlocutor imaginario.
No me advierte que me metí en sus venas, que soy con él uno en uno.
Se desnudan, se besan, él es un corcel de estirpe caliente y ella una potranca de piel nacarada, tórrida y sedienta.
Tienen un amor salvaje y bravío. Cuando se agotan con los besos, y él no aguanta un segundo más, saca un preservativo y ella se lo coloca. Él se lo acomoda para mayor seguridad.
Son dos animales que copulan mientras viajo entre la neblina a una senda suave y lechosa. Y me anido como un plumón en el vientre joven.
Ella ha cambiado la mirada que se agudiza en la fragmentada claridad del cuarto antiguo y pobre.
Escudriña cada poro de la piel de su amado y se torna abatida. O es tristeza lo que se dibuja en sus pómulos que sonríen.
Miro su hoyuelo en la mejilla derecha y me parece que se mojó con una lágrima.
El joven__ no me parece tan joven ahora__ está agotado, extenuado y maldice como un energúmeno. El forro se le salió. Y la mira como para destrozarla.
Salen, y él la acompaña, sumergidos en mustio silencio, a la estación de ómnibus.
Surgió el sol y es todo reluciente. Sin embargo ahora puedo ver con claridad la mugre de la estación. Cuánta suciedad, cuánta basura, cuánta porquería encubierta.
Ella sube a un coche de línea, y él se aleja cabizbajo entre la inmundicia desparramada en el piso.
He optado viajar con ella, no quiero que llore...

Hecho el deposito que marca la ley de 11.723.-