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lunes, 16 de marzo de 2009

TRANSFERENCIA CULPABLE

“TRANSFERENCIA
CULPABLE”
CUENTO
HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY
A las 7 hs. En punto sonó el despertador. El inquilino, un joven de 26 años, se levantó a desgano. Entró al baño. Preparó la ducha. Se afeitó.
Realizaba cada movimiento mecánicamente, sin apartar su pensamiento de aquellos días tan lejanos en su casa, con sus padres, con sus amigos…
Bajó a desayunar y en el comedor lo esperaba la dueña de casa.
---Ay, muchacho…Si no se apura va allegar tarde…---le dijo a manera de saludo mientras colocaba la azucarera sobre la mesa. Y siguió hablando…
Carlos inclinó la cabeza asintiendo y se sirvió café en una de las tazas. Las tostadas recién hechas, despedían un íntimo aroma. Comenzó a beber sin escuchar la voz monocorde de la mujer que cada mañana comentaba, en un monólogo interminable, los sucesos pueblerinos.
Los acontecimientos que a él nada le importaban…
Cuando apartó los ojos de la taza descubrió sobre la silla contigua el periódico local. Lo tomó y por pura curiosidad comenzó a hojear sus páginas.
Su mirada se detuvo unos instantes en una nota que anunciaba con grandes letras, la visita para la semana próxima, de un alto funcionario bancario.
Entonces Carlos volvió a sentir esa cerrada nostalgia que despertaba el recuerdo de lo que había perdido.
Para alejar de sí esa sensación, miro el reloj y calculó cuantos minutos faltaban para las 8 hs.
Con un movimiento rápido se puso de pie, y se acomodó el saco. Se despidió de la señora y atravesó la sala caminando con un ritmo que le era propio; con los hombros un poco hacia adelante movía los brazos acompasadamente hacia el frente y atrás, contrariando la cadencia de sus pasos.
Cuando iba a cerrar la puerta cancel se vio reflejado en el espejo de la sala y, sin quererlo, sonrió a la imagen que le devolvía el cristal.
Ya en la calle miró el cielo encapotado. Maldijo no haberse puesto el impermeable. A medida que avanzaba hacia el Banco, el firmamento se ponía cada vez más oscuro. La ciudad soñolienta se volcaba silenciosa y antigua, tras su paso ligero. Desde alguna parte se derramaba una frescura aromática de limoneros y jazmines…
Las primeras gotas le golpearon el rostro. Casi corriendo llegó al Banco, bajo una llovizna fría y continua.
---Otro día podrido---pensó al sentarse frente al escritorio que le habían designado. Pero sabía que algo se “cocinaba”, y estaba a la defensiva. Sus eventuales compañeros a cada paso le hacían notar que era un “acomodado”…que no cumplía con el trabajo…
(Claro que se salvaba de su bronca Fernández. Ese sí era un buen tipo… siempre dispuesto a darle una mano…)
Si mejoraban las relaciones con su viejo, lo invitaría a pasar las vacaciones, en el chalet de Villa Gessel… cómo se iban a divertir…


II

A las 10 hs. de la mañana el tesorero le pidió que le llevara la Carpeta de Cuentas Corrientes. La que le había dado el lunes para completar…
--- ¡Qué macana … Hoy es jueves y me falta más de la mitad, pensó con disgusto.
Pero se acercó al escritorio como si estuviera todo en orden.
Le entregó la Carpeta con su mejor semblante.
El funcionario la miró pausadamente, y luego, apoyando sus codos sobre el mueble, estudió a Carlos por espacio de varios segundos. Y como si estuviera haciendo un esfuerzo por conservarse calmo, le dijo, con voz suave: ---vea, Sr. Carlos Salvarrey hijo, su posición en nuestra Empresa es muy delicada…comprenda que si el Directorio me ha pedido que le transmita esta decisión, es porque Ud. no trata de cumplir ni con el mínimo que es exigible a cualquier empleado… ¿Las quejas son muchas …Deberemos enviar un detallado informe a su señor padre. Si no se esmera un poco, me entiende?... ---y lo miró con gran seriedad.
Pasaron unos minutos y Carlos, de pie, no demostraba ningún cambio en su expresión indiferente…
El Tesorero prosiguió, con vos airada: ---Su padre, no sé si recuerda…nos señaló que lo tuviéramos al tanto de su rendimiento…Y que no hiciéramos diferencias entre Ud. y los demás empleados. En fin…hemos decidido otorgarle un mes de plazo…De Ud. depende…le sugiero que se interiorice bien a fondo, en el manejo de Cuentas Corrientes…, y a demás, ¡aprenda dactilografía …
Y se puso a revisar unas planillas, dando a entender que había terminado con él.
Carlos lo escuchó sin delatar sus emociones. Sentía un nudo en la garganta…No podía hacerle otra macana al viejo…ahora comprendía todos los disgustos que le había causado. Su padre era un gran tipo…
Sumido en estos pensamientos regresó a su escritorio. Lo invadía una sensación de impotencia, parecida a la que experimentó aquella madrugada cuando ascendió al ómnibus de la “Empresa Rojas”, para dejar atrás su pasado…
No podía evitar que una parte de sí mismo se retrajera a ese otro espacio intocable en que se expandían, sin límites, tantos recuerdos…
Se sentó frente a la máquina de escribir y las teclas se le hicieron borrosas. Se sintió mal. Se tomó la cabeza con las manos y cerró los ojos. Pensó que no podía aprender todo en un mes…que no tenía ningún amigo que lo pudiera sacar de esa situación…alguien que le facilitara una máquina…

---ché, Salvarrey, ¿què te pasa?... ¿te sentís mal?...Son las 12 y media…Vení. Vení conmigo… ---dijo Fernández mientras lo ayudaba a incorporarse.
El aire puro de la calle reanimó a Carlos. Soplaba un viento fresco. El sol se asomaba débilmente entre las nubes viajeras. La lluvia caída había iluminado la ciudad. Los árboles lucían sus hojas húmedas y brillantes.
En el restaurant comieron en silencio. Cuando les sirvieron el café. Fernández le preguntó qué le había pasado con el Tesorero Carlos lo miró pensativo, y venciendo su natural orgullo se confió a él. Un poco por la necesidad de tener un amigo, y otro poco para saber si conocía a alguien que lo preparara en el manejo de Cuentas Corrientes…
--- ¡Pero viejo …¡Habérmelo dicho antes …¿Ese era todo el problema?...¡Quedate tranquilo que para eso estamos los amigos. ¡Mirá, yo te puedo preparar en Cuentas…Antes de ocupar el cargo de Cajero, estuve tres años trabajando en tu puesto… ---explicó Fernández, agregando: ---Te preparo en cualquier rato libre que tengas…No es tan difícil…¡Dentro de un mes le vas a dar cátedra al tesorero …Además, podés practicar máquina en mi casa, por las tardes…
Las palabras de su amigo llenaron de paz a Carlos que agradecido le tendió la mano, prometiendo ir.
El tiempo había transcurrido rápidamente. Debían regresar al Banco.
La ciudad resplandecía con la bulliciosa caravana de escolares que se desplazaban por las aceras. Desde los jardines multicolores de algunas casitas se derramaban cálidas y ligeras fragancias…
Cuando entraron en el Banco los dos reían despreocupadamente.


III

El lunes siguiente, a las 19 hs. Carlos se encaminó a casa de Fernández. La tarde se había consumido y el último rayo de luz se perdía tras el horizonte.
Cruzó la plaza a paso vivo. No quería ser impuntual. Tenía que tomar por Alem hacia el sur. El rumor del tráfico había cesado. Se escondieron las luces en la calle.
El barrio estaba envuelto en un pasado silencioso, palpable y denso, que parecía abarcarlo todo. Entonces Carlos sintió esa sensación de ausencia, esa soledad vaga e imprecisa, que lo esperaba siempre al final de sus pensamientos; como si el tiempo se replegara y se extendiera borrando las distancias.
Por un instante reconoció el mismo cielo sin límites que se confundía con un paisaje aparentemente olvidado…
Se detuvo ante la casa que concordaba exactamente con la descripción que su amigo le había hecho: una verja de hierro, un jardín, una glorieta…
Subió los tres escalones del porche y buscó el timbre. Lo hizo sonar y se restregó las manos. Refrescaba mucho por las noches. Fernández abrió la puerta como si estuviera aguardándolo detrás de ella.
--- ¡Carlos . Te esperaba. Pasá. Pasá. .. Justamente le hablaba de tu problema a mamá, cuando sonó el timbre. Vení… Acompáñame al comedor que te presentaré a mi familia…
Mientras hablaba Fernández lo conducía a una amplia sala decorada con muebles antiguos, cuya dimensión se perdía en la penumbra de los rincones.
En el centro se hallaba una gran mesa rodeada por doce sillas tapizadas de rojo. El aparador ocupaba completamente la pared lateral. A la izquierda de la puerta, sobre una mesita pequeña, estaba la máquina de escribir.
La hermana estaba sentada en una silla al lado de la ventana e inclinó un poco la cabeza, a modo de saludo. Y como si no quisiera interferir en la conversación de los hombres, se puso a tejer ignorándolos.
La madre lo invitó a tomar asiento y le ofreció una taza de té. Luego se disculpó porque debía retirarse a buscar un abrigo.
Entonces Fernández encendió la araña principal, y desde el centro de la habitación, la luz fue trazando complicados arabescos sobre los oscuros muebles del comedor.
---Carlos, te preparé este ejercicio. Tenés que colocar así los dedos.¿Te acordás?... Al principio cuesta, pero es muy importante la posición correcta… ---explicaba Fernández, y ponía los dedos sobre el teclado.
Carlos observaba en silencio. Su amigo agregó: ---Vas a practicar un rato, mientras llevo a mamá, a casa de la enfermera a ponerse la inyección…
---Pero si tenés que salir, vuelvo mañana. No quiero causarte un trastorno… ---dijo Carlos atribulado.
---No te hagas problema, si vuelvo enseguida… es acá nomás, a dos cuadras. Además, todos los días, a esta hora, llevo a mamá a colocarse la inyección… Sentate y empezá a practicar. Dale No busques excusas… enseguida vuelvo… --- y diciendo esto se fue en busca de su madre.
Sentado frente a la máquina de escribir, Carlos, recorrió una vez más, la habitación con la mirada; hasta que se detuvo en la figura iluminada por el reflejo de la luz artificial, que se recortaba nítidamente en el espacio. Se quedó un instante así, totalmente inmóvil, con los ojos fijos en la mujer que tejía…
El ruido de la puerta al cerrarse lo volvió a la realidad.
Rápidamente colocó la hoja y preparó los dedos sobre el teclado. Apretó las teclas y por espacios de unos minutos no se escuchó en la sala más que el sonido sordo, uniforme, acompasado y monótono de la máquina de escribir.
La hoja se fue llenando de signos iguales que si bien no formaba frases iban dando al joven cierta seguridad.
La voz llegó de lejos, como si hubiera sido pronunciada a una enorme distancia. Su tono era ambivalente; por momentos suaves, inexpresivo, monocorde; y en otros apremiantes, violento, imperativo.
Carlos estaba tan concentrado en su ejercicio que no le prestó atención en un primer momento. Como buen aprendiz oprimía con fuerzas las yemas de sus dedos en las teclas y el golpeteo cubría el sonido de las palabras… Pero en una breve pausa las oyó como una especie de Letanía.
Se preguntó mentalmente si la mujer, sentada en el extremo opuesto de la sala, le estaría hablando a él, o si quizás estuviera rezando…
La miró y ella continuaba su labor ensimismada, con la mirada puesta en las agujas.
Le intrigaba esa mujer vestida de oscuro. Debía tener alrededor de cuarenta años. Estaba pálida y ojerosa. Parecía cansada. Carlos apretó suavemente el teclado poniendo su atención en el silencio que lo rodeaba… esperando que las palabras fueran pronunciadas…
Más allá de las gruesas paredes el mundo había dejado de existir.
Sentía gravitar sobre él una inexplicable sensación, como un recuerdo lejano que reclamara su lugar, y que asociaba a un pasado ajeno y distante. Era como si en esa habitación flotara una misteriosa nostalgia, cuyo origen era impreciso aunque real, como el espacio creado alrededor de los pesados muebles de la sala.
Carlos, impaciente, agudizó cada vez más su oído sumergiéndose en su propio silencio, como si el tiempo se hubiera vuelto sobre sus pasos para mirarse en el espejo…

“Las.rosas.el.jardín…..lo.maté.la.sangre…BASTA.SOLTALO…en.el.jardín.la.sangre…CAVA…lo.maté….CAVA…CAVA…ACA.las.rosas.lo.mate…el.pozo.la.sangre”…

Carlos, con los ojos desorbitados cesó el movimiento de sus dedos, y en ese instante calló el sonido de las palabras. Se levantó precipitándose sobre la mujer que tejía, impasible e indiferente. El muchacho temblaba y sudaba. La respiración entrecortada le impedía pronunciar palabras. La garganta se le había cerrado. Tenía la frente mojada.
Con sus manos apretó a la mujer contra el respaldo de la silla, y haciendo un tremendo esfuerzo, le preguntó:
--- ¿A quién mató?... ¿A quién mató?... ¿A quién?...
Ella lo miró como si no supiera de lo que estaba hablando.
Carlos, ya totalmente fuera de sí, le gritó con toda su voz:
--- ¿Dónde lo enterraron?... ¿Dónde hicieron el pozo?...
Fernández entró en ese instante corriendo y bruscamente lo separó de su hermana, tomándolo del cuello y sacudiéndolo con mucha violencia. Quería hacer entrar en razón a Carlos, de alguna manera, pero sólo pudo gritar él también: --- ¡Estás loco ¿Qué te pasa con ella Carlos? ¿No te diste cuenta todavía que mi hermana es muda?...
Han transcurrido seis meses de este lamentable episodio que sacudió la tranquila vida de mi ciudad provinciana.
Fue tema obligado en todas las reuniones, y cada uno de los vecinos creía poseer la versión realmente verdadera.
Ayer, sábado, Fernández viajó subrepticiamente a Buenos Aires.
Fue a visitar al desdichado compañero.
Lo halló en el jardín de la Clínica. Estaba sentado en un sillón de mimbre. Tenía los ojos fijos en el vacío, enormemente abiertos…Parecía no verlo…
Ninguno de los dos habló. Ni siquiera se saludaron por cortesía.
A los pocos minutos Fernández volvió sobre sus pasos buscando la salida…Pero, a mitad de camino, giró la cabeza hacia Carlos y musitó con un hilo de voz: ---Perdoname—
(DICIEMBRE 1